En los hipódromos argentinos se corre al límite desde hace ya varios meses
Tiempo atrás se advertía desde estas páginas la falta de respeto que existe entre los jockeys a la hora de la competencia y los riesgos innecesarios que se corrían en cada competencia.
No había que ser precisamente un cráneo para darse cuenta que en los hipódromos argentinos se estaba corriendo al borde de la tragedia, con desarrollos sucios, malas artes y jugadas feas con tal de ganar.
La cuádruple rodada de anteayer en el Hipódromo de San Isidro fue otra clara muestra de que muchos jinetes no tienen los pies sobre la tierra o, al menos, parecen perder la cordura por algunos segundos, justo cuando no deben hacerlo.
La profesión de jockeys es sinónimo de arriesgar la vida a cada instante. Pero muchos de quienes la desempeñan no parecen darse cuenta. Lo toman cómo un juego.
Quién escribe estas líneas recuerda alguna charla de stud en la que un por ese tiempo aprendiz se jactaba socarronamente de casi hacer pasar a la cancha de al lado
a Jorge Ricardo, en momentos en que el brasileño trataba de ganarse su espacio.
La respuesta del cronista fuecorta: “¿Y a vos te parece gracioso?” La cara del protagonista lo dijo todo: no sabía donde meterse.
Es con esa liviandad que muchos jockeys se toman su trabajo, sin tener en cuenta que con su propia vida se juegan las del resto de sus colegas.
¿Quién tiene la culpa de semejante irresponsabilidad a la hora de competir? Al margen de los propios profesionales, habrá que comenzar por el principio y preguntar si en las escuelas de aprendices la materia respeto tiene el lugar que merece, mucho más importante que el peso, la aptitud física o lo que sea.
También hay que incluir en la lista de responsables a los hipódromos y a los gremios que nuclean a los jinetes.
Los primeros por hacer la vista gorda. A diario se observan maniobras que rozan la locura pero que a la hora de los partes de suspensiones son literalmente dejadas de lado.
Golpes, encerronas, largadas ex profeso hacia el costado. Todo vale en San Isidro, Palermo o La Plata.
Peor aún, cuando se constatanla molestias, las inhabilitaciones son de una reunión, dos y, en loscasos extremos ciento por ciento, pueden ser mayores; casualmente también son las menos.
Si desde quienes deben imponer la lealtad de un desarrollo por medio de la potestad que le otorga un cargo dirigencial no lo hacen, estamos perdidos.
Las gremiales fallan también, pues deberían trabajar un poco más con sus afiliados, haciéndoles entender la realidad de lo que se vive día a día en nuestros hipódro-
mos.
Jockeys avezados no dudan en afirmar que, por ejemplo, en el Hipódromo de La Plata la pista es tierra de nadie.
“Los pibes nuevos son indios. No les importa nada. Te tiran el caballo encima cómo si nada. Así también se caen. Los más veteranos nos cuidamos algo más, pero asombra la falta de respeto por la vida que se observa a cada segundo”, dice preocupado un piloto experimentado.
Está claro que algo hay que hacer. Qué muchos jockeys no pueden seguir corriendo de la forma en que lo hacen.
¿Cómo se soluciona? Ejerciendo el control debido y sancionando a los involucrados
con mayor dureza -pero dureza realmente- sería un buen comienzo, aunque luego habrá que profundizar desde la base.
El cambio de aptitud desde los hipódromos debe ser inmediato, para que ayude a evitar accidentes por la mera falta de cordura de algunos jinetes a los que no les
importa nada. Ni sus propias vidas.
DIEGO H. MITAGSTEIN
Tiempo atrás se advertía desde estas páginas la falta de respeto que existe entre los jockeys a la hora de la competencia y los riesgos innecesarios que se corrían en cada competencia.
No había que ser precisamente un cráneo para darse cuenta que en los hipódromos argentinos se estaba corriendo al borde de la tragedia, con desarrollos sucios, malas artes y jugadas feas con tal de ganar.
La cuádruple rodada de anteayer en el Hipódromo de San Isidro fue otra clara muestra de que muchos jinetes no tienen los pies sobre la tierra o, al menos, parecen perder la cordura por algunos segundos, justo cuando no deben hacerlo.
La profesión de jockeys es sinónimo de arriesgar la vida a cada instante. Pero muchos de quienes la desempeñan no parecen darse cuenta. Lo toman cómo un juego.
Quién escribe estas líneas recuerda alguna charla de stud en la que un por ese tiempo aprendiz se jactaba socarronamente de casi hacer pasar a la cancha de al lado
a Jorge Ricardo, en momentos en que el brasileño trataba de ganarse su espacio.
La respuesta del cronista fuecorta: “¿Y a vos te parece gracioso?” La cara del protagonista lo dijo todo: no sabía donde meterse.
Es con esa liviandad que muchos jockeys se toman su trabajo, sin tener en cuenta que con su propia vida se juegan las del resto de sus colegas.
¿Quién tiene la culpa de semejante irresponsabilidad a la hora de competir? Al margen de los propios profesionales, habrá que comenzar por el principio y preguntar si en las escuelas de aprendices la materia respeto tiene el lugar que merece, mucho más importante que el peso, la aptitud física o lo que sea.
También hay que incluir en la lista de responsables a los hipódromos y a los gremios que nuclean a los jinetes.
Los primeros por hacer la vista gorda. A diario se observan maniobras que rozan la locura pero que a la hora de los partes de suspensiones son literalmente dejadas de lado.
Golpes, encerronas, largadas ex profeso hacia el costado. Todo vale en San Isidro, Palermo o La Plata.
Peor aún, cuando se constatanla molestias, las inhabilitaciones son de una reunión, dos y, en loscasos extremos ciento por ciento, pueden ser mayores; casualmente también son las menos.
Si desde quienes deben imponer la lealtad de un desarrollo por medio de la potestad que le otorga un cargo dirigencial no lo hacen, estamos perdidos.
Las gremiales fallan también, pues deberían trabajar un poco más con sus afiliados, haciéndoles entender la realidad de lo que se vive día a día en nuestros hipódro-
mos.
Jockeys avezados no dudan en afirmar que, por ejemplo, en el Hipódromo de La Plata la pista es tierra de nadie.
“Los pibes nuevos son indios. No les importa nada. Te tiran el caballo encima cómo si nada. Así también se caen. Los más veteranos nos cuidamos algo más, pero asombra la falta de respeto por la vida que se observa a cada segundo”, dice preocupado un piloto experimentado.
Está claro que algo hay que hacer. Qué muchos jockeys no pueden seguir corriendo de la forma en que lo hacen.
¿Cómo se soluciona? Ejerciendo el control debido y sancionando a los involucrados
con mayor dureza -pero dureza realmente- sería un buen comienzo, aunque luego habrá que profundizar desde la base.
El cambio de aptitud desde los hipódromos debe ser inmediato, para que ayude a evitar accidentes por la mera falta de cordura de algunos jinetes a los que no les
importa nada. Ni sus propias vidas.
DIEGO H. MITAGSTEIN
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1 comentario:
el señor diego mitagstein,(espero haberlo escrito bien)como periodista que es deberia alguna vez haber concurrido a la escuela de aprendices,asi se interiorisaba lo que se les enseña a los chicos ,y salir a criticar a las escuelas ,(aca solo hay dos por eso le respondo)ligeramente sin saber como funciona nome parece serio ,es por eso que a traves de este medio le ofresco la oportunidad de concurrir a la escuela asi despues opina con cono cimiento de causa
atte Hector Libré
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