Si tenés una anécdota o historia VERIDICA que refleje tu pasión por el turf y la querés compartir, enviala a expresatelospingos@fibertel.com.ar
El calendario marcaba mediados de 1990. Epoca de Mundial. Del Diego. Tercer año del secundario. Tarde fresca y soleada.
Cinco compañeros y amigos encaran, escapando tal vez de una insufrible clase de Educación Física al Hipódromo de La Plata. Con la duda acerca de si un “menor” podía acceder, preferimos saltar un alambrado por el lado de las canchas de tenis. Nos acercamos a “la redonda” como nos explicaba nuestro amigo burrero y miramos de cerca los enormes pingos. Músculos, venas marcadas, estos son patovicas, pensaba yo que comparaba esas moles con los únicos caballos que había visto hasta ese día, que eran los petisos que tiraban, los pobrecitos, algún que otro carro botellero.
Me gustó el 5 (porque si, nomás). Fui a jugarlo siguiendo las instrucciones del amigo. Ganó. Pagó $15 pesos. Ese fue mi primer contacto con el mundo del turf.
Pasaron 19 años en los que no volví a entrar al Hipódromo, salvo para uno o dos “19 de noviembre”, cita infaltable para cualquier platense.
César, un amigazo de la vida, me presenta a su nuevo empleado de su kiosco: Lucas. Este pibe, venía del campo, de General Alvear. Luego de un par de semanas, no más, de pasar a diario por el kiosco y hablar entre mate y mate, Lucas me contó en detalle su relación con los pingos. Tuvo caballos de carrera desde siempre, de chiquito. Es más, “Tengo ahora mismo uno de 4 años ganador de dos en Palermo a los 3 años”, me cuenta con el mismo orgullo con que un padre se refiere a su hijo Ingeniero de 25 años.
Tanto me cuenta y con tanto detalle que me entusiasma sobre manera al punto de decirle: “Ni bien pueda quiero tener uno”.
Un mes después y dada mi profesión de abogado, me ofrece un caballo de cuatro años domado sin debutar como pago de unos honorarios futuros por un juicio que yo le llevaba. El caballo le había salido $7.000 así que quedaba más que compensado. ¡¡¡Qué entusiasmo me agarré!!! Pero claro, el tema era mantenerlo… Entre viajes, cuida, vete, forrajeria, herraduras, etc., etc., el costo mensual se iba a las nubes. Encima, al estar tan lejos, lo disfrutaba poco.
El caballo debutó en septiembre. Se lo dimos a Falero, al mejor, me dicen.
En los entrenamientos andaba muy bien. Cruzamos últimos al tranco. Mi suegro, muy burrero él, me gastaba al dia siguiente: “Falero se comió la UUUU”. A todo esto, juntaba peso por peso para jugarlo desesperado… perdía como en la guerra.
Casi un año y medio tuve a UN AFFAIR (ese el nombre del pingo) en General Alvear. Luego de ello, viendo que ya se me ponía cuesta arriba mantenerlo, decidí traerlo a La Plata, en un obvio manotazo de ahogado. “Cuidado con la gente que te metés”. Me decían todos. “Es un rubro muy jodido”. Tuve suerte. Encontré gente de primera. Cuida (hoy amigo), capataz, peones, herrero, vete (y socio). Todos espectaculares. Disfruto al punto de ser mi remanso y mi paz, el mate en el stud, el asado, el vino, las charlas, las risas, el escuchar y aprender de turf.
La vida me “metió” de lleno en esto. Hoy compré otro caballito, ayudo a Lucas con el suyo, entre 4 amigos compramos dos potrillos… Estoy entusiasmadísimo. Disfrutando estos momentos de alegrías y preparándome para saber perder cuando toque, fundamental en esta como en tantas materias de la vida… (continuará)
¡GRACIAS SANTIAGO!